martes, 15 de julio de 2014

La chiquillería

Día 2




El día comenzó, pocos minutos después de las siete de la mañana con esto:



Se llaman Eggs Cochon (traducido por mí en plan tutitrí, Huevos Cojón) y son la especialidad del Ruby Slipper, uno de los mejores sitios de desayuno de Nueva Orleans (hay tres locales y mira por dónde, uno de ellos está en el mismo edificio que el hotel). Decenas y decenas de hebras de cerdo entierran un panecillo y son coronadas por dos huevos escalfados y una salsa holandesa. 

Me las prometía muy felices.




Jo, jo, jo...

Pero nada, caí derrotado y dejé todo esto:


Sabéis que no tengo problemas para comerme una buena cantidad de lo que me pongan en un plato. Además, la víspera casi ni comí en el conjunto del día (plástico de avión y los fingers de pollo de la noche) e incluso es mi segundo día aquí y las siete de la mañana de aquí son las dos de la tarde de España, con lo que tenía hambre de almuerzo. 

Sin embargo, la cantidad de cerdo que llevaban los huevos cojón éstos era ridículamente abundante. No sé, fácil había medio kilo de cerdo (o más) desmenuzado, más dos huevos y el panecillo (que de illo tiene el nombre, porque da tamaño como para acoger a un whopper).

Estaba de bueno, no obstante... Una maravilla... Los lagrimones se me caen ahora de pensar que en unos pocos días ya no tendré la posibilidad de comerlos de nuevo (aunque sea en ración para nenazas).

En fin, que el día arrancó fuerte y me fui, a eso de las ocho de la mañana, a pasear junto al río Mississippi. ¿Recordáis el calor del primer día? Pues a las ocho de la mañana aquello era Vietnam. 

De mi paseo por el Moonwalk (así se llama el paseo fluvial, no por Michael Jackson, sino por un alcalde apodado Moon), os enseño un par de fotos (a continuación las explico):

Anda, si no me he cruzado de brazos.





La segunda es el monumento al inmigrante, sufragado por los italianos. Y la primera tiene un poco más de miga: más o menos a la altura principal del paseo, hay unas escaleras de madera que te conducen hasta el mismo río. Hasta allí, en el Mardi Gras (su gran día de Carnaval) procesiona la Society of Saint Anne y es tradición que la gente esparza cenizas de familiares o amigos al río. Allí me he quedado un rato mientras las olas chapoteaban a mi lado (el paseo está en una zona donde el río, que viene con toda su fuerza desde el interior, choca contra la ciudad y le inyecta el lodo que la sostiene en su centro; tiene cerca de un kilómetro de ancho y unos 60 metros de profundidad: si te caes, date por muerto con las corrientes que lo sacuden). 

Luego, he seguido paseando y aprendiendo de verdad lo que es una Escuela de Calor. Hace falta valor, en efecto, para pasear con este mejunje de calor-humedad mientras la ciudad se desperezaba y en el French Quarter se mezclaban camiones baldeando y algún que otro homeless sin rumbo fijo. 

El French Quarter, para que nos entendamos, es como la plaza Mayor de Madrid. Una trampa para guiris y una porción muy pequeña de la esencia real de la ciudad. Pero hay que visitarlo.

En mi primera aproximación he deambulado por Royal Street, dicen que la más bonita y supongo que es cierto porque es la calle de las galerías de arte (y esta gente no pone sus pijotiendas en cualquier parte). Más o menos se veía así la zona:

Esquina completita, con sus banderas USA, su banderola de los Saints y su balconada.

La calle es un muestrario de balcones con hierro forjado y plantas.

Nueva Orleans apenas estuvo en manos españolas 40 años, pero las calles del centro fueron nombradas bajo dominio español. (Y yo crecí en otra calle Real, la de San Fernando).


En esto que me topo con lo siguiente:





¡OTRA VEZ FAULKNER!

Qué queréis que haga, si el hombre vivió unos meses en Nola y hasta escribió su primera novela, La paga de los soldados, aquí.

Un respeto, heterodoxos...

Haciendo tiempo (estaba la mañana fresquita para andar haciendo tiempo en la calle), me acerqué hasta el Armstrong Park (en honor no al ciclista ni al astronauta, claro), que está ya fuera del French Quarter (al otro lado de una avenida, tampoco me maté a andar).

Me recibió la banda del parque:



Ahora, un poco de seriedad y casi a ponerse en pie porque aquí, bajo una pequeña arboleda en la que se ve este monumento...



...nació nada más y nada menos que la música negra. Que es como decir que nació la música tal y como la conocemos hoy. La historia cuenta que a finales del siglo XVIII en este parque (entonces un descampado entre las plantaciones y la ciudad) se reunían los domingos por la mañana los esclavos y cantaban y bailaban sus penas. Lo demás, es Historia. 

Para historia perra la mía. No voy a que me han la foto delante de la estatua del señor Louis y me toca el turista gilipollas con ínfulas de artista. Anda, doblad la cabeza un poco a la izquierda para verme bien:

Varias fotos después, me cruzo de hombros.


Del parque con tanta batallita (la foto de apertura es de otra estatua de allí) me fui por fin al tour por el que había estado haciendo tiempo no sin despedirme de la banda y de la chiquillería ociosa al fondo:



Sin embargo, no es ésta de la chiquillería de la que quería hablaros. En realidad, es otra traducción mía a lo tutitrí, desde la expresión Garçonerie. ¿Qué es eso? Para empezar, garçon es chico en francés (¿habìa alguien que pensaba que era camarero?) y la guía del tour Los Amigos del Cabildo (unos tipos que no dan la brasa oficial) nos ha contado que hace más de dos siglos los pudientes vivían en casas como ésta:



En concreto, es una de las pocas casas que quedan del siglo XVIII (a Nola no sólo le han azotado los huracanes, sino los incendios masivos de forma continuada hasta que, como un cerdito cualquiera, se dieron cuenta que mejor construir casas de ladrillo que de madera; para más inri, tenían hasta el barro a mano, ya que la mayoría del ladrillo visto que se ve -valga la redundancia- es barro del Mississippi).

Para más señas es casa de origen español (yo no he visto una así en mi vida), pero, sobre todo, es criolla (o creole), que tantos años tomando chorizos en los asadores argentinos y hoy me entero que criollo no es mestizo ni nada por el estilo, sino que simple y llanamente es nacido en el lugar (da igual si fue de madre africana o europea: si ya nacías en Nola, eras criollo). 

En esta casa principal vivían los padres y las hijas, que limpiaban (las hijas, quiero decir, que el padre estaría azotando esclavos), cocinaban y crecían como buena niña hasta que las casaban a los 12 o 13 años. 

¿Y los hijos?

A los hijos los encerraban aquí:



Está en la patio trasero y en esa casa adosada también se encontraba la cocina (otra cosa que aprendieron de los incendios, mejor separar el fuego de la casa principal), la zona donde lavaban y las habitaciones de los garçones. De ahí que se llamaba garçonerie... Ahí vivían hasta que les daba la gana (que en la época coincidía con casarse, pero a mucha más edad que sus hermanitas) y hacían lo que les daba la gana: zascandilear o jugar al scalectrix, yo qué sé. La única norma es que no podían entrar chicas, que también se le denominaba como Mamma House. Buena era la mama.

O sea, niñitos de mamá de toda la vida de dios. 

Aunque, admitidlo, la idea de vivir en una casa aparte donde hacías lo que querías tiene su puntito. Eso sí, no es para que le den el Premio Internacional a la Igualdad de Género...

Tras  la Chiquillería se ha ido consumiendo la mañana y hemos vuelto a la Jackson Square (otro día cuento lo de Jackson, su caballo y su plaza), donde nos recibe este bonito mensaje (hay varios por toda la ciudad, supongo que rescoldos del día del orgullo gay):

El mensaje está en la farola.


Habían pasado casi cinco horas desde los Huevos Cojón y me he abotonado unos beignets (en realidad, una mezcla de buñuelos y donuts; buñuelos porque es masa frita, y donut, porque tiene su textura interior) en el Cafe du Monde (un hermano mellizo de la Cafetería Ginés de Madrid, sólo que aquí abren 24 horas y sirven filipinas de entre 18 y 98 años; a mi lado, llevaba una bandeja una señora centenaria, lo prometo).




Mientras desayunaba (o almorzaba, o cenaba, que pierdo la noción) ha empezado a llover justo el tiempo suficiente en que tardaba en dar cuenta de los donuts fríos. En una decisión intuitiva he ido acercándome al hotel cuando parecía escampar... y sabia fue la decisión porque fue entrar en el hotel y caer lo más grande en forma de tormenta tropical... 


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