miércoles, 8 de julio de 2015

Día 3: No culpes al río y al viento



"Soy ciudadano americano y Estados Unidos es lo que es por todo el mundo, pero aquí..."

Aquí es el Lower Ninth Ward, epicentro, zona cero, llámalo como te dé la gana del huracán Katrina, de cuya devastación se cumplirán diez años en pocas semanas. 

Aquí es un distrito barrido por el río y el viento como apartamos una hormiga de nuestro brazo; donde, un decenio después del desastre viven unas 3.000 personas frente a las 15.000 de 2005; donde alguien jugó a un Monopoly macabro y se llevó todas las casas consigo, dejando tras de sí descampados en los que las hierbas (las malas hierbas) crecen tan altas como un hermano Gasol; donde emana aquí y allá el hedor de animales muertos entre los hierbajos.




En esta parte del barrio no había una sola parcela libre: todo estaba ocupado por casas.

Aquí es un barrio al que han querido destruir, cuyos vecinos fueron tratados como refugiados de una frontera desértica del tercer mundo... en pleno primer mundo.

Porque aquí también es una metáfora de lo que es esta ciudad para su país y cuya respuesta habría que poner tras los puntos suspensivos del primer párrafo.

Las palabras, arrastradas por el lamento secular de no sentirse querido (o abandonado, o traicionado, o exiliado de tu propia casa), las pronuncia Ronald W. Lewis, quizá el vecino más representativo de la capacidad de resiliencia de esta comunidad. A sus 64 años de edad, la ancianidad le ha sobrevenido de la misma forma que le sobrevinieron los dos huracanes que ha sufrido, el Betsy de 1965 y el Katrina de 2005, prácticamente sin avisar. Camina con dificultad, el pelo se le ha cubierto de espuma y la dicción se le atranca. Poco que ver con las imágenes de apenas cinco atrás, donde levantaba el mentón orgulloso. 

Aunque le basta la mirada para mantener el orgullo. En un cobertizo de unos 30 metros cuadrados construido en la parte trasera de su casa atesora miles de objetos que son memoria viva (y muerta) de su barrio, de la tradición de los jefes indios, del Mardi Gras, de su ciudad. The House of Dance and Feathers, se llama su gigante cofre del tesoro. 











Antes que custodio del alma de su barrio, Lewis trabajó durante toda su vida como mecánico de la empresa municipal de autobuses y tranvías. Incluso se encargó de organizar su primer sindicato, no sin pocos problemas debido a la segregación racial de los años 70; y luego ayudó a organizar unos pocos más en otras grandes empresas. 

Mientras tanto, vivía con su mujer y sus hijos en su casa en Tupelo Street, en el mismo barrio donde nació. Hasta que el Katrina golpeó a la ciudad y tuvo que dejar su casa. 

No volvió definitivamente hasta un año después, empeñado en recuperar su Ítaca del lodo del Mississippi y de la burocracia. Critica, llegados a este punto de su historia, que durante los meses posteriores al huracán sólo dejaban entrar en el barrio a militares y a periodistas. Y se las apañó para entrar con un periodista. "Los medios nos usaron", dictamina hastiado de todo el espectáculo mediático que se organizó en torno a su barrio mientras que miles de personas lo habían perdido todo y esperaban, desde estados vecinos como ocupas en casas de sus familiares, regresar.

Muy pocos lo hicieron. El Lower Ninth Ward se ofreció en televisiones y periódicos como la Green Zone de Bagdad, un rincón azotado por el caos y la anarquía, donde había asesinatos a diario.

Incluso Brad Pitt, junto a un puñado de arquitectos de renombre, impulsó una fundación para la reconstrucción de parte del vecindario. Sinceramente, el centenar de casas de diseño construidas desde entonces son una anomalía cursi, una patada pija a la dura realidad del entorno (es salir de la zona caritativa y vuelve la vegetación amazónica, los baches del tamaño de submarinos y las casas que se desploman).




Aun así, y pese a los esfuerzos del actor, la leyenda negra aplasta al barrio: el guía con el que he visitado el barrio (en una excursión en bicicleta de más de 20 kilómetros y cuatro horas) recuerda que un día una chica se cansó de darle a los pedales y pidió que llamara un taxi, lamentándose de no tener un chaleco antibalas en esos momentos. 

Derek, que así se llama el guía del NinthWardBikeTour, replica que puede proclamar que nuestra seguridad está garantizada en cualquier momento. Algo que no podría decir tan alegremente de las nueve de la noche en la calle más concurrida del French Quarter. 




Es un barrio de clase trabajadora. De hecho, antes de la tormenta, era el barrio con mayor tasa en el país de gente de color con casa en propiedad. 

Puede que por eso nadie se tomara en serio las amenazas que se cernían sobre el barrio desde los años 60. Y admito que esto puede ser algo demagógico, pero es que en el siglo XIX, cuando otra inundación amenazaba con ahogar Nueva Orleans por una crecida del río, los ricos terratenientes obligaron a los dirigentes a abrir las esclusas de los barrios pobres para que el agua tuviera escapatoria y no mojase sus botines en los distritos de postín. 

Todo el mundo en el barrio sabía que una inundación los destrozaría tarde o temprano. El barrio estaba rodeado por dos flancos débiles: el primero, un ridículo muro que lo separaba de un gran canal (hoy, el muro es tres veces más alto y tres veces más fuerte y Derek dice que de haber sido así en 2005 no habría sucedido lo que sucedió... "o eso quiero creer para no volverme loco", añade). 

Sin embargo, es el segundo flanco débil el que constata la estupidez humana. Al norte, un bayou circunda el barrio, protegido del agua por miles de cipreses centenarios. Los vecinos pescaban y parte de la prosperidad de la zona se debía a este rincón especial. Hasta que a mediados de los 60, y tras Betsy, se decidió enlazar esta especie de río (un bayou es como un canal natural en medio de zona pantanosa) con el Mississippi. Debido a su cercanía con el Atlántico, el río arrastra un elevado caudal de agua salada que fue matando durante décadas a los cipreses. Sin el parapeto natural de árboles, nada detuvo a la inundación cuando llegó el momento. Aún hoy el bayou es un cementerio de cipreses donde los árboles son esta vez los muertos y nadie los vela.




Pero claro, la culpa fue del agua y el viento. 



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