sábado, 10 de septiembre de 2016

Día 7: No a la 3




Tranquilidad: no estoy hablando de la tercera investidura o de terceras elecciones, pero sí de política.  

La 3 es una pregunta que se incluirá para los votantes de Maine junto a las papeletas de las próximas elecciones presidenciales de noviembre. En resumen, preguntan a los ciudadanos del Estado si apoyan que se requiera una comprobación de antecedentes en cualquier transacción de compra y venta de armas. 

Ignoro qué dirán las encuestas al respecto, pero si de algo sirven los casi 2.000 kilómetros que llevo conducidos arriba y abajo de Maine, me da a mí que van ganando los del 'no'.

Me explico. A falta de calles tal y como las conocemos en Europa, con sus aceras, sus farolas y sus manzanas delineadas, en la América rural (y Maine es muy rural, en cuanto te alejas dos kilómetros tierra adentro del festival turístico-costero), aquí los vecinos pueblan sus jardines y los arcenes de las carreteras con carteles de sus candidatos preferidos o sus consignas políticas del momento. No tengo muchas fotos de este fenómeno. Aunque no haya vallas ni setos en la mayoría de las viviendas que impidan el paso, no es plan de ponerse a hacer fotos a jardines privados, sobre todo, si son partidarios de Trump (o de uno de éstos del 'No a la 3') que crean que estoy violando sus derechos constitucionales y ejerza sus derechos no menos constitucionales de dispararme a quemarropa. 

No exagero: son ellos los que tienen escopetas debajo del asiento de sus pick-ups; no yo. 




Esta foto fue casualidad. Paré por otra cosa y vi que había un cartel justo delante. Pero, tal y como son las carreteras del interior, tampoco es para dedicarse a hacer álbumes improvisados.

Un ejemplo es la carretera 5, que corre en paralelo junto a la frontera entre Maine y New Hampsire (al oeste).



O algunos caminos similares, donde hasta los árboles se tocan por encima del asfalto:




Precisamente, en algún lugar de la carretera 5 fue donde casi murió atropellado Stephen King mientras paseaba por uno de esos inexistentes arcenes. Y aquí parece que me voy a desviar, pero no: paciencia.

La Maine de King es la Maine que clama por defender el derecho inalienable de pegarle un tiro al intruso. Pese a que esta tierra vive del turismo de alto copete, ya sea en su versión veraniega o invernal, King siempre ha escogido una Maine interior, rural, de la denominada basura blanca. Al fin y al cabo, él era de esa clase, hijo pequeño de dos hermanos de una madre soltera que trabajaba en empleos que sólo se los daban a la gente de color en los años duros de la segregación y que tuvo dando tumbos a sus hijos por media América antes de volver a Maine, a una de esas ciudades industriales y anodinas cercanas a Portland donde el pequeño Stephen empezaría a escribir.

Un poco más adentro de ese cinturón industrial, sí se abría la Maine de su mente.





Por lo tanto, las Derry, Castle Rock, Salem's Lot o Chester Mill no tienen nada que ver con Bar Harbor, Rockland, la misma Portland o Kittery. Todas ellas le deben mucho más a dispersas poblaciones como Bridgton, Lovell, Barney Pond, Fallmouth y un largo etcétera...

Todas ellas son esto:










De algunas, se pueden intuir ciertos coletazos de inspiración trasladados al papel. La Castle Rock de El cuerpo (más conocida por su versión cinematográfica, Cuenta Conmigo) podría parecerse a Woodstock y su vía de tren que atraviesa las colinas vecinas a New Hampshire.




La Bridgton que el propio King dice que podría ser la Chester Mill de La Cúpula no tiene nada que ver, en la vida real, ni en forma ni en espíritu (aunque proliferan los hogares suministrados por propano). La escogió porque está próxima a su casa de verano, aquella junto a la que le atropellaron y, en cierto modo, le cambiaron la carrera. Porque hasta 1999, año del accidente, la obra de King había entrado en decadencia. Fue después, tras el rito de paso que supuso 'Mientras escribo' (una estupenda lección del proceso creador), cuando recuperó las historias de sus mejores tardes. 

Otra de las características de la Maine de King son los lagos, de verano poblados de sangüijuelas o helados hasta que se rompe una placa debajo de un pobre niño. De ésos hay miles en Maine. No hay población que no enrosque algún tipo de pantano, estanque o simple laguna. En la mayoría, hay hasta pequeñas orillas.




Es el único respiro que subyace en una economía de subsistencia. Decía que el litoral vive (y vive muy bien) del turismo. Los que no lo hacen tienen la pesca, en particular, la de la langosta, una especie que es el último ejemplo de lo que ocurre cuando hay que contentar al visitante. Hasta no hace muchas décadas, los de Maine utilizaban la langosta para alimentar a sus animales de granja o a los presos de las cárceles. 

Ahora, no sé si ha cambiado mucho la visión autóctona. Los de aquí dividen al ser humano en tres categorías: los nativos, los visitantes y los malditos turistas. 

Históricamente, Maine es un Estado que vota demócrata por un margen muy estrecho sobre los republicanos. Sólo otorga cuatro asientos, pero casi siempre apoya a los Obama, Clinton y compañía para la Casa Blanca. Quizá es el efecto de la costa (hay más densidad de población en el litoral), y de tanto artista que emigró aquí a pintar o inspirarse. Porque luego, como ocurre con la campaña contra el control de las armas, el gobernador es republicano y no se contenta con criticar el referéndum sino que dice que es inconstitucional.

Dos caras. 




Perspectiva (sí, soy un pesado).


PD: Como pequeño experimento a las posibilidades de un día de niebla y un día despejado, dio la casualidad que fotografié el mismo puente (el Hancock, que está junto al pueblo donde me hospedo, y que por apariencia es un hermanito pequeño del nuevo puente de Cádiz) en dos momentos diferentes. Uno, supongo que serviría de portada para un libro de King; el otro, para un folleto turístico.

Yo sé cuál me gusta más.





PD2 (escrita como una hora después de todo lo anterior, después de irme a dar un paseo en el atardecer lluvioso de Maine -para qué va a haber sol más de 24 horas seguidas- y casi no volver): Señoras y señores, la NSA (los espías de aquí) me leen y han dado el chivatazo a sus amigos de la Asociación Nacional del Rifle (bueno, esto es una exageración, pero lean y luego juzguen). Resulta que me voy a pasear, como he dicho, y llueve, y ya vengo de vuelta por un paseo que hay en el pueblo justo a la vera del río. Durante la mayor parte del recorrido hay amplitud (parques, praditos, incluso aparcamientos), pero en algunas partes el camino se estrecha y queda apenas un metro entre una pared y las rocas desperdigadas que sin barandilla ni nada dan directas al río. En éstas que llego a uno de esos recodos sin escapatoria, y veo, a través de unas vallas blancas de madera, que viene una chica en ropa de deporte (va de rosa fucsia y amarillo la muy hortera). Al perro no lo veo hasta que lo tengo ladrando y babeando a medio metro de mi brazo, dando botes y amagando el salto definitivo, cortándome el paso tanto por delante como por donde yo venía, dejándome sólo el río para huir. Es un rottweiller negro (no sé ni me importa si los hay de otro color). Doy un paso atrás, pero atrás sólo hay rocas, con lo que sólo me queda el factor suerte de que el chucho sólo estuviera asustando. Que supongo que sería eso o que la dueña llegó a tiempo (aunque no creo que la tipa pudiera haberlo sujetado realmente). Dice un par de sorrys que me suenan más a qué hago yo paseando solo sin cuerda por ahí en lugar de su perro (tampoco sé ni me importa si son de ésos que se consideran peligrosos; feo era de cojones) y se marcha... Yo me he quedado mudo (y blanco, supongo) y miro a las rocas. Entonces veo que están muy mojadas (está lloviendo desde hace dos horas) y pienso que más suerte he tenido aún en no resbalar que en otra cosa. 

Así que cuidadito con lo que decís del derecho constitucional a tener una puta escopeta.

Ah, no tengo nada contra los perros. 

Contra la gente que combina el fucsia y el amarillo, sí.

   

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