martes, 30 de diciembre de 2014

Un horizonte...


Al cielo, de vez en cuando, se le caen todas las monedas de pronto y pone perdido de plata al mar. 




Las olas se tragarán la historia. Si nadie la pesca, si nadie la rescata, la historia se perderá. Pocas cosas hay más tristes que una historia a la deriva, derritiéndose al vaivén de las mareas, despedezándose contra las rocas, burbujeando (glub, glub, glub) mientras se hunde. ¿Cuántas historias se esfumaron en 2014? 

Esto no es una felicitación ni nada que se le parezca. 

Esto no es más que un reto.

Porque, como tanto ando diciendo que dijo Faulkner, siempre hay una historia al otro lado de un último horizonte (él decía que en un horizonte de verano).

Sólo hay que mirar. 

Sólo hay que contar. 



Sólo hay que seguir, incluso ahora que los horizontes son fríos; ahora que es invierno.

Ahora que los horizontes destilan ese oro brillante y nuevo. 

      




Quizá en 2015, como dijo Chéjov, "encontraremos paz. Escucharemos ángeles. Veremos el cielo centelleando con diamantes".


Plata, oro y diamantes... Hay que ver todo lo que se le cae a los horizontes cuando no estamos mirando. 

Hay que ver...

miércoles, 26 de noviembre de 2014

En el año del Rey Amarillo, el Naranja manda







Tenía un jefe que se ponía nervioso con los aniversarios. Quería sacar la noticia conmemorativa antes que nadie... como si un aniversario fuese noticioso o como si sacar la crónica del Día de la Constitución un 30 de noviembre fuera lo más periodístico del mundo.

En fin.  

Que digo esto por que no voy a ser menos que El Corte Inglés o que los ayuntamientos, con las luces de Navidad en la calle. El fin de año ya está aquí, pese a que no estemos en diciembre, y aquí va la (mi) lista de las mejores series del año. Dudo que haya grandes sopresas en las elegidas; la polémica la avivará, en todo caso, el orden. 



Eso sí, aclaro que no veo comedias y que los procedimentales apenas los toco, así que disculpadme ausencias por esos flancos. Tampoco espero ya nada de diciembre. En toco caso, The Affair es lo mejor del año en un catastrófico 2014 para Showtime (Homeland hace tiempo que se alejó de las listas, la segunda de Masters of Sex fue anodina, Penny Dreadful naufragó en su propia intensidad y acaso Ray Donovan fue de lo más potable), pero no creo que le alcance para meterse entre las mejores, a falta de tres episodios (de hecho, tengo un mal presentemiento sobre su resolución, pero si cambio de opinión, subsanaré mi error).

Si la lista fuera un poco más amplia, quizá entrasen Hannibal o The Americans. 

Pero la lista es de nueve: 


9) Justified

Si la incluyo en la lista es porque no atiendo a razones con ella. Cada episodio lo afronto como una fiesta donde me beberé una docena de diálogos sublimes. Si la pongo al final de la lista es porque su quinta temporada fue algo floja. Algo floja si hablamos de Justified, porque la flojera en esta serie aún la sitúa por encima de la inmensa mayoría. Y con eso de que en breve arranca su temporada final... snif, snif...



8) The Walking Dead

Hay que reconocerle su capacidad para levantar polvaredas de comentarios y adhesiones y hate watching y fanatismos y debates interminables. Sí, todo el mundo tiene un pero para The Walking Dead. Pero admitamos que somos adictos aella. Por algo será (también deja capítulos formidables, claro).

Aquí estoy, en la famosa vía, en el perdido pueblo de Senoia, Georgia.
 

 
7) Juego de Tronos


Su mejor temporada de largo. Por supuesto, era de esperar atendiendo a que relataba el tramo de los libros con mayor chicha narrativa. Por supuesto, que eso fuera así no significaba que lo fueran a hacer tan rematadamente bien (cuanto mayores son las expectativas mayor puede ser el desengaño). Además, cambian tramas (el duelo entre El Perro y Brienne) y adelantan otras (Bron y su final de camino) para pulir el conjunto. La serie ha alcanzado un nivel de calidad sobresaliente. Y ahora me matáis unos pocos: me gusta más la serie que los libros (o será que el cuarto y el quinto libro son taaaaaaaan flojos que…).


6) The Leftovers


Es lo contrario a The Good Wife (ver quinto puesto). Hay palabrotas, desnudos y violencia gratuita. Hay pretensiones que estomagan al más cultureta (me niego a usar lo de hispter). Es triste y manipuladora como el anuncio más impactante de la DGT. Es pornografía sentimental (en acepción acuñada por Juan Bonilla para esto). Pero pocas me han revuelto el cerebro como ella.


5)The Good Wife


La quinta posición para la quinta temporada de la única serie en una network que le da patadas en la boca al 99% de las series de cable. Algún día, dentro de diez años, se hablará de esta temporada de The Good Wife como la perfección en una serie donde no caben palabrotas, desnudos, violencia ni efectismos existencialistas. Donde lo simple es complejo. Donde todo es grande.


4) True Detective
 

La sensación del año pierde consistencia desde la distancia. La perspectiva le sienta regular y su poso se difumina. Quizá su problema es que se construyó con la idea de epatar e impactar en el mercado cultural como pocas producciones televisivas lo han intentado. Lo ha hecho. ¿Lo hará? Es buena: era la mejor a mediados de año. A finales, se cae a la cuarta posición (pero porque hay tres mejores, no porque no sea una serie enorme).


3) Rectify


Lo tenía fácil en su primera temporada: esa pinta indie, ese ritmo pausado que baila tan peligrosamente entre la pedantería y la firmeza narrativa, ese protagonista atormentado, ese Sur áspero, rancio, soterradamente violento (o no tan soterrado). Rectify deslumbró con seis capítulos perfectos sobre la vida (o algo así) de un preso que sale del corredor de la muerte. ¿Serían capaces de mantener el nivel diez episodios más? No: lo mejoraron. Y demostraron que quieren a todos sus personajes, que los maniqueísmos de malos muy malos y buenos muy buenos (o malos y buenos a secas) no tienen cabida en esta serie. Demoledora por honesta. Aquí, Alberto Nahum lo explica mejor.


2) Boardwalk Empire


Una debilidad a la que algún día se le reconocerá su grandeza. Hasta entonces, voy a echarla mucho de menos. Muchísimo.   




1) Fargo

La gran serie del año. Todo lo que apuntaba aquí se multiplicó por diez a mejor una vez que llegó a su final. Soy especialmente agradecido para los casos de los que espero muy poco y me dan tanto. Y esperaba muy poco de Fargo, revisión de la mejor (o entre las mejores) película de los hermanos Coen y en un momento en el que hace muchos años que los hermanos Coen me dan una pereza abisal. 



Si el éxito de una serie depende de su capacidad para crear un tono propio en un mundo personal, Fargo lo alcanza sin aspavientos ni pretensiones filosóficas (ver True Detective). Dirección, producción, reparto, música, guión: historia. Un golpe maestro con un encanto homicida. 

El anorak naranja ganó al Rey Amarillo. 

 
 

martes, 11 de noviembre de 2014

Leyendas rotas



¿Oís eso?





Gracias, Fernando Navarro. Gracias por Acordes Rotos. Gracias por la Ruta Norteamericana. Gracias por Elliot Smith y por Alex Chilton. Por Thunders o Chesnut.


Ya sea con la literatura, con el cine (y las series, ese hermano menor insolente que reta al primogénito de un tiempo a esta parte) o con la música, llega un momento en el que quieres más y tu propio horizonte te limita. Pides consejos, tiras del hilo de aquel autor, de lo que le gustaba, de quién aprendió a escribir o rodar, buscas caras B o directos inverosímiles. Pero todo (incluso los amigos a quien recurrir) tiene sus límites.


Entonces llegan las casualidades. Por lógica interna de este blog (carreteras, música, cultura pop –que no música pop a secas-, Estados Unidos...), el de de Fernando Navarro era, como él mismo define a sus invitaciones, una parada para repostar obligatoria. Cada entrada se convierte en un nuevo cruce de caminos, en un intermitente que pones hacia algún asfalto en primera impresión polvoriento pero definitivamente sorprendente.  


Aunque yo he venido a hablar hoy de su libro.


Acordes Rotos. Retazos eternos de la músicanorteamericana repasa la vida de 33 (como la velocidad de los viejos long play) genios indiscutibles, más o menos conocidos, pero todos ellos imprescindibles para entender el siglo XX de la música americana (y todos sabemos que si hay algo en lo que ha conquistado Estados Unidos al resto del mundo es en el Reino de la Cultura). Lo hace sin aspavientos culturetas (pero con un envidiablemente inmenso conocimiento de causa), en formato blog: apenas tres páginas de papel por personaje, aunque te quedes con ganas de 30 páginas más en cada caso; incluso aprovecha las circunstancias vitales de según quién para hablar de la sociedad americana de aquellos años (Gran Depresión, lucha contra segregación racial, contracultura hippie, guerra fría y hasta el germen de la crisis actual). Porque el artista es el artista y es su entorno, por mucho que uno de los rasgos del malditismo esté en la incapacidad para asumir la vida que te ha tocado vivir.


Hay nombres universales (Marvin Gaye, Buddy Holly, Charlie Parker) a los que la muerte calló (y les cayó) jóvenes (alguno se calló y cayó él mismo) y hay un puñado que moriría a edad de abuelo, aunque pobres, incomprendidos y arrasados por los excesos. También por el exceso de soledad, que puede ser más peligrosa que el alcohol o las drogas.

Hay también gente como Jeff Buckley, cuyo Grace (el álbum al completo, pero en concreto la canción homónima) sonaba en la radio del coche cuando tomamos aquella curva y apareció en el horizonte, como un montón de trastos abandonados por dios en la alfombra del desierto,  Monument Valley...




El perro sólo dormía, al tibio sol de un mediodía de septiembre.
O Robert Johnson, aquel tipo que inuaguró el club de los 27 (sí: el de Kurt Cobain y Amy Winehouse, jóvenes; pero el de Brian Jones, Hendrix, Joplin, Jim Morrison...) y que le vendió el alma al diablo con tal de inundarse del espíritu de ese blues que oía todas las noches en la Dockery Farm
  
Da igual los nombres: al terminar cada capítulo… miento: al mismo tiempo que lees cada capítulo, tienes que contenerte las ganas de ir a buscar esa canción o ese disco y constatar su grandeza. Porque sí, puedes conocer el Everyday o el Peggy Sue de Buddy Holly; puedes haber oído la leyenda de cómo murió en el mismo avión que Ritchie Valens (el de La Bamba) e inspirar aquel día que la música murió (American Pie: la canción, no la película, por dios). Puedes saber todo eso. Pero vas a descubrir (siempre hay universos nuevos por descubrir: siempre) mucho más de cualquier mito y, desde luego, se te van a abrir las puertas de una treintena de leyendas. Y, en cuestión de leyendas, hay que hacer caso a esa sentencia del Hombre que mató a Liberty Valance: "This is the West, sir. When the legend becomes fact, print the legend".


Porque todos son leyendas. Leyendas rotas, las más universales de su especie, a las que nadie ni nada silenciará su eco. Y todos son indispensables para entender a los Beatles o a los Rolling, a Dylan y Springsteen, a los Who o a Pink Floyd, a los Sex Pistols y los Clash, a los U2 y REM, a los Strokes y Wilco, a los Artic Monkeys o los Black Keys. A Antonio Vega y a Quique González (quien también por cierta lógica aplastante tenía que escribir el prólogo).


Siendo pedante, todos son indispensables para entenderse a uno mismo... que es de lo que va la música, la literatura, el cine: las artes.


Corre, lee, escucha, imagina.


Vuelve a imaginar.

     



martes, 28 de octubre de 2014

Todo lo que hice fue por...








Por ti mismo. Vamos, Nucky: ¿a quién pretendes engañar?

La familia. Me vas a venir con la familia. ¿Alguien creyó a Walter White cuando en una de las escenas más terroríficas del tramo final de Breaking Bad, grita “Somos una familia” para justificar todas sus atrocidades? No, nadie lo cree ya. Ni él, tampoco. Sólo fue poder. El poder que siempre corrompe.


Siempre.

Porque todo fue por la familia, ¿no? Como en Los Soprano, en Breaking Bad, en Ray Donovan, en A dos metros bajo tierra… La familia es el placebo de los ambiciosos, la excusa perfecta.

Eso gesticula un Al Capone internamente derrotado a su hijo sordo la víspera de entrar en prisión. Eso se dice Nucky antes de corromperse del todo (luego, ya nada importó realmente). Eso dijeron Chalky o Gillian. Un espejismo de familia, defenderían hasta el final Jimmy, Richard o Van Alden o Eli.


Todo fue por el poder, sin embargo. En todo momento. Por el Imperio del Embarcadero (como metáfora de todo lo demás). Y no es casualidad que los ganadores (el comodoro, Luciano, Meyer, incluso Margaret…) renunciaran a la familia. Era la única forma de sobrevivir en un mundo en el que nadie perdona a nadie y tus debilidades serán tan grandes como tu amor. 



El pasado domingo terminó Boardwalk Empire, una de las mejores series de siempre. ¿Exagero? Para muchos, sí. Para mí (y esto es mío y hago y digo lo que quiero) entra directamente entre mis cinco mejores. No digo a quién adelanta o por encima de quién está. Pero ya os podéis imaginar que de muchas.


A Boardwalk Empire, como a tantos de sus protagonistas, no le han perdonado su ambición y, como tantos de sus protagonistas, la han matado violentamente y antes de tiempo. También, como tantos de sus protagonistas, su muerte ha sido maravillosamente digna.

A Boardwalk Empire nunca le perdonaron que fuera el siguiente proyecto de Terence Winter tras el fin de Los Soprano. Tenía que ser una especie de segunda parte de aquella (hablaba de mafiosos, ¿no?) con un protagonista delgado en lugar de uno gordo.

A Boardwalk Empire nunca le perdonaron que estuviera detrás Martin Scorsese (productor ejecutivo y director del piloto). Si no era Uno de los nuestros en los años de la Ley Seca era un fracaso.

A Boardwalk Empire nunca le perdonaron su grandeza, su ritmo engañosamente moroso, su reparto tan coral que protagonistas principales podrían llevarse tres capítulos sin aparecer, su exposición sexual, su violencia.

A Boardwalk Empire nunca le perdonaron que quisiera jugar al juego de The Wire (todo encaja en los últimos episodios de cada temporada) y que no hubiera dragones de por medio (entonces sí: entonces puedes poner en bolas a quien quieras y destrozar caras por doquier).

A Boardwalk Empire nunca le perdonaron que quisiera aunar, en una simple serie televisiva, la historia de la mafia en Estados Unidos en el primer tramo del siglo XX. Lo que empezó como las batallitas territoriales sobre el embarcadero de Atlantic City terminaría contándonos los inicios de Al Capone, Lucky Luciano, Meyer Lansky, Bernie Siegel… pero también los de John Edgar Hoover antes de que fuera el primer director del FBI y estuviera obsesionado con su carrera y con la Comunidad de la Mafia que se estaba gestando. O de Kennedy padre, de cómo cimentó la fortuna que permitiría a su familia ser una de las más famosas de la Historia (y de las más malogradas).

A Boardwalk Empire nunca le perdonaron que, incluso recurriendo a tamaña nómina de personajes ilustres, los mejores caracterizados eran los inventados.

A Boardwalk Empire nunca le han perdonado su perfección técnica, su producción estratosféricamente cara y cinematográfica, sus guiones perfectos.     

A Boardwalk Empire nunca le han perdonado la osadía de afrontar su última temporada, para colmo reducida a ocho capítulos, con la mitad del metraje dedicada a la infancia y juventud de su protagonista.

A Boardwalk Empire nunca le han perdonado esa capacidad insultante para cerrar los círculos cuadrados en los que se metían sus argumentos. Envidia pura y dura, vamos.

A Boardwalk Empire nunca le han perdonado ser tan buena (y la serie, a diferencia de Nucky Thompson, a quien le espetan que siempre quiso ser bueno pero no supo cómo, sí que sabía ser buena).

Quién sabe: la gente es muy dada a redimir a los que se mueren. Quizá empiecen a perdonarle cosas a Boardwalk Empire. Quizá entiendan que, como asegura la canción que cierra la serie: si quieres arcoíris, tiene que llover.

Eso sí, después de haberle descerrajado un tiro a la cara.




(De las mejores escenas de toda la serie con el enorme Richard Harrow al frente (aquí hablan inmejorablemente de él): final de tercera temporada. No me permite embeberla, pero se puede pinchar)
 

http://www.youtube.com/watch?v=_zYpP3lV-6k